La involución de la cultura de masa

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Miley Cyrus

Corrían los años ’60 y Edgar Morin publicó un libro destinado a convertirse en un clásico de la sociología: “El espíritu de los tiempos”. En las primeras páginas del volumen, Morin definió a la cultura de masa en estos términos: “constituye un cuerpo de símbolos, mitos e imágenes concernientes a la vida práctica y la vida imaginaria, un sistema de proyecciones y de identificaciones específicas, y se agrega a la cultura nacional, a la cultura humanística, entrando en competencia con ellas.

A partir del segundo postguerra, la cultura de masa ha conquistado espacios siempre más amplios generando nuevos saberes, nuevos gustos estéticos, nuevos estilos narrativos, nuevos modelos de representación del Sí y realizando productos de calidad en numerosos campos: música, cine, televisión, publicaciones. Novedades, calidad, experimentaciones pop, contaminaciones recíprocas con el arte, el teatro, la moda, han sostenido la voluntad de evasión del tono gris de los años ’50 y más en general la idea de democratizar la cultura. En pocas décadas la cultura de masa ha vencido el desafío lanzado a la cultura clásica y a la de elite, acompañándose incluso por un momento, con la protesta juvenil. En los años ‘70 se volvió hegemónica en Occidente y ha iniciado su expansión planetaria acelerándola al máximo después de fines del a guerra fría. Pero entre los años ’80 y los ’90 – una vez consolidada la propia posición en el imaginario colectivo – la calidad espectacular de los productos de la cultura de masa se devoró a la de contenidos y el empuje democrático inicial se apagó a favor de la búsqueda de lucro.

Mientras se devoraba a sí misma, la cultura de masa se saldó perfectamente con la cultura de consumo y su penetración en la sociedad creció en extensión y en especialización. Basta pensar en el paso de la paleo televisión a la neo televisión o a la mutación de la publicidad de vehículo meramente promocional a filosofía de vida. Pero el desarrollo no se ha detenido en aspectos tecnológicos o en los propios del sector como podría ser para la industria automovilística. Con el paso al post-fordismo la cultura de masa se integró con una larga cadena de actividades del terciario en virtud de dos procesos principales: 1) prácticas universales como la comunicación, el juego, la seducción, la imaginación, el gusto, el placer y el cuidado del cuerpo se transformaron en objetos de la economía política; 2) para ser apetecibles todas las mercaderías deben presentarse lo más que puedan como un signo distintivo, de aquí la proliferación de marcas, la omnipresencia del diseño y la estetización de la vida cotidiana. Dada la matriz estadounidense que la caracteriza, la cultura de masa adecúa la subjetividad a los valores del utilitarismo, del individualismo y del consumismo. La consecuencia es una ética de la vida como carrera. Ética sostenida por la cultura de masa a tal punto que actualmente cualquier ocasión de encuentro –dentro y fuera de la pantalla- está condicionada por la lógica del rendimiento: una carrera sin fin para ser más atractivo, más vivo, más ricos, más jóvenes, más lindos, más atléticos, más sexys, etc.

Para justificar este tipo de subjetividad algunos sociólogos sostienen que son los destinatarios los que utilizan los medios o que los clientes manipulan la moda a través de micro prácticas de uso personalizado de productos y de hibridación de tales productos con las subculturas urbanas.
Según ellos se trataría de mediaciones que deberían desmonopolizar las jerarquías simbólicas dejando emerger, de este modo, una relación paritaria entre la industria cultural y sus usuarios. En realidad la relación de poder entre quien produce el imaginario colectivo y la masa ilimitada de quienes lo traducen en comportamientos reales está completamente desbalanceada a favor de los productores. Tal asimetría permite a la cultura de masa ejercitar un control de tipo político sobre la vida de los individuos gobernándolos hasta en sus más mínimos gestos. Observada desde una perspectiva de regulación, la cultura de masa es, más que nada, un avanzado, flexible y a menudo oculto vector de un ethos que induce al gran público al consumo de todo tipo de cosas: desde la ropa a los noticieros, de partners sexuales a teléfonos celulares, de productos musicales a géneros literarios, de tipo de historieta a modelo de peinado, de metas turísticas a productos cine-televisivos etc.

La variabilidad de los comportamientos colectivos generados por la cultura de masa ha terminado por mantener en pie las estructuras de dominio presentes en nuestra sociedad. El avasallador slogan “Sex, drugs and rock’n’roll” no ha disminuido mínimamente la carrera hacia una sociedad cada vez más programada, cada vez más desigual. Por el contrario, la ha fortalecido entre los aplausos de los que menos tienen. Hace tiempo que el rock ha muerto, después nos dejó el punk y uno tras otro se fueron yendo géneros y subgéneros musicales que, no obstante, han dado trabajo a innumerables bandas y sobretodo han entretenido al público en recintos bien circunscriptos donde desahogar agresividad, frustraciones, pulsiones sexuales o donde más sencillamente se pasa el tiempo. En tanto, en pocas generaciones, el mundo occidental se va feudalizando progresivamente. Incluso Barak Obama en su reciente discurso sobre el estado de la Unión se ha lamentado del hecho que en los Estados Unidos a la movilidad social le queda poco aliento a pesar de que la nación ha “resurgido de la recesión”.

Y el sexo? Cada vez más explotado por la cultura de masa al punto de haberlo convertido en una verdadera obsesión colectiva. La televisión comercial ha transformado a gran parte de los televidentes en voyeuristas mientras las estrellas globales de la música pop compiten por ver quién se exhibe en situaciones cada vez más extremas. La escalada de la provocación que va de Madonna a Lady Gaga y hasta Miley Cyrus concede mayor espacio a los reclamos del eros que a la música, mientras fuera de la pantalla las personas están cada vez más solas, desconfiadas e inestables. En cuanto a la libertad sexual, si fuese generalizada de verdad, no se estaría de frente a la propagación de la prostitución y la pornografía. No habría necesidad. Pero la necesidad existe y la cultura de masa gestiona la sexualidad orientando sus prácticas y saberes. El objeto privilegiado sigue siendo el cuerpo de las mujeres. Un cuerpo estetizado, erotizado, que sirve no sólo para vender mercaderías sino que ha sido transformado en un arma utilizada por el poder político. También en nombre de la libertad de las mujeres, Occidente ha bombardeado en los años pasados algún país islámico. Los medios de comunicación se enganchan a la propaganda y casi todos los periódicos dan noticias sobre la opresión de las mujeres en el mundo árabe sin interrogarse seriamente sobre la complejidad de ese mundo, su cultura, sus valores, su historia. El modelo que la cultura de masa impone es el del cuerpo glamour: el de las estrellitas hollywoodenses y las top model. Es posible que no existan otras formas de libertad respecto al patriarcado y otras modalidades de expresión del deseo? Para la cultura de masa no. Pretende el monopolio y revela de esta manera su cara autoritaria.

El control sobre el cuerpo no está separado del control de la consciencia. A través de ritos, medios y modas, la cultura de masa ha anexado la parte socializada del Sí (el Me) reduciendo al mínimo la parte individual (el Yo). Una paradoja para las sociedades liberales que sostienen que valorizan el individuo al máximo. Pero más allá de la retórica, la cultura de masa es un aparato de poder que influencia profundamente la vida pública y privada de las personas y en virtud de tal influencia gobierna su subjetividad. A nivel individual el resultado es un anticonformismo telecontrolado. A nivel social es una forma difusa de alienación. Cómo reconstruir una relación más equilibrada entre el Yo y el Sí ? Un ejercicio útil puede ser hacerse preguntas sobre el imaginario propio. He aquí algunas. Porqué esa canción que he canturreado por semanas a un cierto punto no me gusta más ? Porqué no soporto el silencio? De dónde nace el deseo de no perderme ningún capítulo de aquella ficción? Quién me inculcó el miedo de envejecer? Qué me impulsa a desear tanto ese par de botas ? Porqué me asusta un libro que supera las cien páginas? Por qué siento que no tengo nunca tiempo? De dónde provienen los sueños a ojos abiertos que tengo cada tanto? La atracción física hacia aquella persona nace de mi mundo interior o del mundo de imágenes que atravieso y que pasan a través mío todos los días?

Patrizio Paolinelli, VIAPO, suplemento cultural del periódico Conquiste del Lavoro, 10 abril 2015. Traducción de Andrea Suárez.

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